Nadie regresa de la guerra
Aquella noche llovía demasiado. Pero
aunque tuvo miedo decidió correr igual. No se abrazaba fácilmente. No entre los
suyos, eso era algo que ocurría entre los Humanos. No llegó siquiera a tomar la
capa de viaje, ni raciones de pan, ni armas, ni nada con lo que pudiera
defenderse en la oscuridad de la noche. Ella había salido corriendo demasiado
rápido. La noticia de la guerra inminente, de la partida de su esposo a la línea
de fuego la había sobrepasado. Ellos nunca retornaban. La vida se les iba en el
honor, en las espadas y las flechas. Jamás volvían y no pudo soportarlo. Ella
se perdió en el bosque y él se detuvo a la entrada. Ella descendía de los
oscuros elfos y nada podría hacer un tosco orco para encontrarla entre las
sombras de la espesura.
Con el edicto empapado en su mano,
la cabeza gacha escondida entre sus hombros y las lágrimas mezcladas entre las
gotas de la lluvia, dio media vuelta y se marchó. Tomó su armadura y su hacha,
alistó a la bestia y se dirigió hacia el castillo del rey. Miró su casa por
última vez y recordó a su esposa perdida en el bosque.
“Nadie regresa de la guerra”, fueron
las únicas palabras que había pronunciado.
Diez años hubieron transcurrido
cuando a lo lejos, los aldeanos de piel verduzca que trabajaban la tierra,
vieron venir a un desahuciado orco montando un agotado lobo montarás. Venía por
el camino directo a la vieja casa de los Orucran. Nadie lo recibió. La entrada
estaba tapiada. Él bajó de su montura confundido. No podía comprender qué era
lo que estaba ocurriendo. Cuando abrió la puerta un mar de cartas se desparramó
en el suelo. Eran las que él mismo le había mandado y ella nunca había
respondido, menos aún leído.
Un trueno le cortó el aire. Era tan
parecido a aquel trueno que había sonado la noche de la tormenta en que la vio
por última vez… el día se oscureció y la lluvia de un instante a otro dibujó
sobre él una cortina de agua. Corrió. Otra vez lo hizo sin capa, ni pan, ni
armas. Corrió desesperado por el mismo recorrido que había hecho diez años
atrás. Corrió mientras el agua y sus lágrimas se confundían en un extraño
abrazo doloroso. Vacío. Sin ningún abrazo, como antes, como hacía diez años.
Llegó a la entrada del bosque otra
vez. No tenía en su mano ningún edicto; tenía la gloria, el honor de haber
servido a su rey. ¿Para qué? ¿De qué le había servido si la puerta de su casa
mostraba lo contrario? La lluvia le mojaba el rostro y los colmillos chuecos
que sobresalían de su mandíbula inferior.
Entró. ¿Siempre había sido tan
lúgubre aquel lugar? No. No cuando lo recorrían juntos. No cuando soñaban con
sus hijos jugando entre los árboles. No cuando eran felices. ¿Aún estaría allí,
esperando su regreso? ¿Podría ser posible? Caminó largas horas entre las raíces
de los grotescos árboles, miró acá y allá mientras la lluvia caía tímida por
entre las hojas. Se adentró en el bosque como nunca lo había hecho solo. Ella
lo conocía a la perfección; pero él, él apenas podía moverse con comodidad
cuando el bosque comenzaba a espesarse. De pronto, vio algo amarronado, como
una tela, como un lienzo rasgado enganchado en una de las ramas. Lo bajó y lo
olió. Olía a hongos y hojas. ¿Sería suyo? ¿Cómo recordar su vestido, su olor
después de diez años? Lo guardó como un tesoro soñando con que era suyo. Una
luz de esperanza lo inundó por completo.
Algunos dicen que los Orucran se
reencontraron esa noche y fue tal la alegría y el amor que los unió que en su
abrazo se fundieron para siempre siendo por siempre uno, y el hermoso árbol del
Morá nació. Otros dicen que perdió sus años buscándola y buscándola, y jamás la
encontró, formando, por fin, las Montañas Solitarias. Lo cierto es que nunca lo
vieron volver y la casa quedó por siempre deshabitada, con su puerta abierta y
las cartas desparramadas allá donde el viento se las llevó.
Tal vez ella tenía
razón, nadie regresa de la guerra.

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